Santos y Desamparados: santificada sea esta barra

La novísima barra de Santos y Desamparados –tres meses en el barrio de las Huertas– merece ya un lugar bien visible en el altar de la coctelería madrileña.

Del establecimiento, llaman la atención tres cosas. Las paredes son negras, la decoración se alimenta de motivos sacros y la selección musical –que viaja de los Smiths a Led Zeppelin pasando por Pearl Jam– es magnífica. Descrito así el lugar podría ser la guarida de un gótico o de un melómano nostálgico, pero hay algo que le aporta una calidez inesperada. Bueno, no es algo, es alguien.

Bienvenido al lado oscuro

Recibe Alberto Villaroel, alma y cerebro de este local que es una extensión de su propio cuerpo. Alberto explica que esa oscuridad cálida nace de su fascinación por centroeuropa, para ser más concreto, de su fascinación por Cracovia, región al sur de Polonia, país que descubrió al interesarse por el tatuador Roberto Hernández, que le decora la piel con tinta y las paredes con algunos cuadros. Uno no sabe dónde termina la piel de Villaroel y donde empieza su bar.

Alberto acomoda y presenta la carta, una carta con portada de obituario y que invoca a los Salmos de Isaías –Venid, busquemos vino y embriaguémonos de licor y mañana será como hoy solo que mucho mejor– pero que sin embargo está muy viva. En la primera página, los cócteles de autor, en las siguientes, una selección de tres cócteles por destilado que van de lo clásico a lo más contemporáneo.

La ambientación de Santos y Desamparados está perfectamente cuidada

Alberto Villaroel afirma que no quiere copiar a nadie, que apuesta por la originalidad, y la verdad es que parece que consigue el milagro. Su apuesta, como decíamos, es muy personal. Pero lo bueno es que su persona es muy profesional y aunque presenta recetas muy llamativas, están ancladas en una base clásica, muy sólida.

Probamos cuatro cócteles. Dr. Cox, un trago largo de ginebra refrescante y de reminiscencias Tiki; Pear Harbor, cremoso y de paleta asiática centrada en el umami; Dragón Amarillo, un cóctel de postre con un punto picante que se gestó en el 1862 Dry Bar –última etapa de la formación de Alberto Villaroel–, y por último, un Naked and Famous canónico.

Todos son excelentes, cada uno en su estilo y género, pasamos de lo dulce y frutal a lo más estructurado y alcohólico sin altibajos, cuatro copones como cuatro soles, vaya.

Santos y Desamparados es la obra y sueño de Villaroel pero tiene como socio capitalista a Alberto Fernández quien, para más garantía, disfrutaba de esta oscura barra milagrosa el día que la visitamos. Y es que no en vano en la cripta de Santos se congrega lo más granado de Madrid, dicen que Andrea Botessi, David Pérez, Adrián Benito y Pedro Montero tambien tienen algo que ver.

Alabado sea.

Santos y desamparados

Calle Costanilla de los desamparados, 4, Madrid

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