Propósitos de año nuevo para la industria coctelera

by Jordi Luque

Uno se pregunta qué se puede desear para una industria tan superflua –en el sentido estricto y sin querer ofender– como la que se desarrolla en las destilerías y alrededor de la barra. Las industrias relacionadas con el hedonismo, si nos ponemos estrictos, son superfluas por definición y sólo se explican en sociedades opulentas, lo que las justifica. Y me haré mía –robaré– una frase de Manuel Vázquez-Montalbán: celebremos que vivimos en una sociedad que dedica tanto tiempo a hablar de coctelería, porque eso significa que tenemos las necesidades cubiertas.


Primero hay que enmarcar la industria en un contexto hedonista –sin restarle lo cultural– y entonces, para formularse un propósito algo valioso, preguntarse de nuevo: ¿puede lo epicúreo procurar algún bien a la sociedad? Porque al fin y al cabo, a una industria que ya procura placer a quien la comercia y quien la consume, sólo le queda procurar algo de valor a la sociedad en la que se circunscribe.

Foto: Moss, Unsplash
Foto: Moss, Unsplash

¿Puede la industria del alcohol aportar valor a la sociedad?
Hace poco, la periodista Paula Molés me entrevistó en un sentido parecido. Quería saber mis tres deseos con respecto al mundo de la gastronomía, en general, para emitirlos en su programa Tips, de Catalunya Radio. Le respondí tres deseos bienintencionados y algo así pienso que sería exigible para la industria del beber.
Primero: que exista una red de alcohol de comercio justo. Sospecho que como en muchísimas otras industrias el sistema capitalista no ha propiciado la equidad entre productor y extractor de recursos. Sólo alguien con un alma retorcida y muchos intereses puede defender que esto siga así. Aunque, claro, la instauración de algo así significaría que el precio de los destilados se disparase.
Segundo: que las cartas de los bares ayuden a contar su entorno. Aquella frase equivocadamente atribuida a Josep Pla  –el paisaje en el plato– podría trasladarse a la copa. Me gustaría encontrar el paisaje en la copa. ¿Cuando empezaremos a combinar bebidas con ingredientes de proximidad? Ya, algunos ya lo hacen –afortunadamente– pero son pocos.
Tercero: aprendamos a beber con moderación. No sólo por nuestra salud, también por nuestro deleite. Beber como los bárbaros que éramos cuando fuimos adolescentes sólo significa que no hemos aprendido nada. Es decir, que seguimos adoleciendo de cultura etílica.
Estos son mis deseos para 2018. Y se resumen en uno: que la industria de los destilados deje de ser puro hedonismo y empiece a aportar algo a la sociedad.

Foto cabecera: Natalia Y, Unsplash.

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Jordi Luque
Jordi Luque

Socio de una productora de contenidos gastronómicos que se llama UNTO y escribo sobre comida en EL COMIDISTA.

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