¿Qué se esconde detrás de un nombre?

by Mar Calpena

“Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.” (Todo lo que queda de una rosa muerta es su nombre). La cita es del libro de Umberto Eco “El nombre de la rosa”. Y si de una rosa sólo queda el nombre tras marchitarse, de un cóctel dejamos atrás el nombre al acabar la copa. Pero no siempre se presta a los nombres de los cócteles la debida atención. Sin ánimo de polemizar –en exceso- contaré que los últimos tiempos he tenido ocasión de ver más de uno o dos combinados en concursos que habían sido nombrados por el expeditivo método de juntar las iniciales de la madre, el perro y el bar del autor. O que recibían un apelativo en inglés “chiquitodelacalzadense”.

rosas
La única manera de librarse de una tentación es sucumbir a ella – Oscar Wilde

La historia de la coctelería es a menudo la historia de los nombres de los cócteles. Al principio, los cócteles son una indicación de una fórmula: un flip, un punch, un sangaree, un julep, un cup o la propia palabra “cocktail”. Lo que se quiere es que el cliente identifique sin género de dudas qué quiere pedir al bartender. Algunos clientes prefieren una manera concreta de hacer las cosas, y pasan a nombre ellos también una familia de cócteles, como en el caso de los rickeys.
La primera derivada son las copas que toman el nombre del local o la ciudad donde se sirven o del bartender que las ha inventado (o de su consumidor más famoso). También se referencian ingredientes, pero incluso los nombres más “creativos” suelen ser bastante literales. El celebérrimo Blue Blazer de Jerry Thomas no significa otra cosa que “llamaradas azules” en inglés. Sin embargo, empiezan a brotar excepciones, muchas de las cuales nunca sabremos exactamente de donde provienen, como el John Collins (aunque, para variar, haya tres o cuatro leyendas sobre su origen). Los cócteles comienzan a ser una realidad tan establecida, que incluso existe un modo antiguo de prepararlos: el Old Fashioned (cada vez que un bartender escribe Old Fashion, sin el sufijo “–ed”, los huesos de William Shakespeare se agitan en su tumba más que una botella de curaçao en una exhibición de flair de los ochenta).

wacky stuff
Los ingredientes son importante pero el nombre también – Foto Wacky Stuff

No entraremos a discutir sobre si el Martini proviene de la marca, del Martínez (o de si éste, a su vez, viene de una localidad de California) porque el debate es casi tan agrio como el que en “El nombre de la rosa se centra en la risa”, y seguramente nos haría terminar también en la hoguera. Porque los nombres no tienen que ser necesariamente sesudos. Con el final de la era victoriana el humor y un tímido inicio de la cultura pop irrumpen en los nombres de los cócteles. El Florodora recuerda a una revista de Broadway de 1900, anticipando al boom de copas nombradas por estrellas del star system que se producirá en un par de décadas. Han quedado para la fama Mary Pickfords y Shirley Temples, cócteles dedicados a megablockbusters del cine de la época como el Blood and Sand (“Sangre y arena”, que protagonizaba Rodolfo Valentino), cócteles dedicados a toreros (Chicote dedica uno a Fuentes Bejarano), deportistas, marcas comerciales (el Longines coctel de Constantino Ribalaigua) o, simplemente, a la actualidad. Con una cierta ironía o sin ella, hay cócteles dedicados a una pieza de artillería (el French 75), al método de transporte más glamuroso de la época (el Aviation) o incluso a frases hechas (“The bee’s knees” era en el argot de las flappers algo así como “la repanocha”).

flapper
The Bee’s Knees

Sí, los nombres de los cócteles son importantes. Servidora oye “Negroni” y sabe por instinto que le van a servir algo fuerte, elegante y un poco decadente, como un aristócrata italiano. Si hablamos de un Americano, ya te imaginas más bien a Renato Carosone cantando. El Manhattan tiene un aire cosmopolita, y el Cosmopolitan solía tenerlo. Di Tequila Sunrise e imagínate tendido en una hamaca en Puerto Vallarta, ¡Y nunca hubo cóctel con un nombre más honesto que el Zombie, ese portentoso portador de resacas! Porque hay cócteles que ya nos indican desde el nombre que no nos van a dar muchas alegrías. ¿Apetece pedirse un Fuzzy Navel (u “ombligo peludo”), un Sex on the beach, o un Harvey Wallbanger? Si acaso ya pasaría. Y ni siquiera entro ya en nombres imposibles de recordar: mucho cuidado con abalanzarse sobre el diccionario japonés o el de sánscrito antes de elegir un sustantivo al azar. Me parece bastante razonable no pedirme copas cuyo nombre no seré capaz de recordar. Crear un cóctel es escribir un poema. ¡Y el título forma parte de el!

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Mar Calpena
Mar Calpena

Periodista y bartender. DEU en coctelería y mixología del CETT-UB. Está a cargo del proyecto Sapiens de los cócteles de la Fundación elBulli.

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