¿Por qué el alcohol nos afecta una veces más y otras menos? Creencias a examen (parte I)

by Elvira Aldaz

“No voy a beber nunca más” es la frase más repetida en los días de resaca, mientras la cabeza todavía da vueltas, el estómago se cierra y solo apetece quedarse en la cama. Al final, acabamos echando la culpa al “garrafón”, a que teníamos el estómago vacío o a ese último chupito al que nos invitaron y volvemos a beber en cuanto se presenta la oportunidad.

Todos hemos oído (y dado) consejos sobre cómo hacer que el alcohol nos suba menos, píldoras de sabiduría popular que van de boca en boca. Pero, ¿son realidades con base científica o patrañas? En este artículo vamos a analizar siete creencias populares sobre el consumo de alcohol y su explicación médica. Pero antes, veamos a grandes rasgos qué pasa en nuestro organismo cuando bebemos.

Cuando tomamos alcohol, el líquido pasa primero al estómago, donde una pequeña parte comienza a metabolizarse para ser eliminado del organismo. El resto pasa al intestino que, al tener paredes finas y mucha superficie, lo manda directamente a la sangre. El hígado va metabolizando el alcohol en sangre a un ritmo constante y bastante lento, alrededor de unos 0,12 g/l de alcohol o 10 ml por hora. Los síntomas que asociamos con la intoxicación alcohólica (mareo, desequilibrio, náuseas, pérdida de memoria…) dependen de la cantidad de alcohol en sangre que tengamos en ese momento.

1. El alcohol sube menos si tenemos el estómago lleno, especialmente si hemos comido productos grasos

Si bebemos con el estómago vacío, aproximadamente un 10% se queda allí, mientras que el resto pasa directamente al intestino o, lo que es lo mismo, a la sangre. Si el estómago está lleno, puede retener hasta un 30% del alcohol. Además, cuando comemos mucho, el esfínter que separa el estómago del intestino se cierra para poder digerir los alimentos, con lo que el alcohol está expuesto durante más tiempo a las enzimas del estómago ayudando a eliminarlo o retrasando su llegada a la sangre. Cuidado porque esto nos puede dar la impresión de que toleramos mejor el alcohol y sin embargo, notar sus efectos unas horas después.

La digestión también acelera el metabolismo así que, según varios estudios, el alcohol se elimina entre un 36 y un 50% más rápido que en ayunas. Esta sería una explicación más de por qué sienta tan bien comer de madrugada cuando se ha bebido demasiado.

Comer esto o comer bien, no hace la diferencia. Foto: Carles Rabada

Respecto al tipo de comida, el sentido común nos dice que aquellos alimentos que ralentizan el vaciado gástrico como las grasas, proteínas y carbohidratos ayudarían a mantenernos más sobrios, pero está demostrado que las diferencias con otros alimentos no son realmente tan pronunciadas. Es más importante tener el estómago lleno que el tipo de alimentos que hemos ingerido. Sin embargo, algunos estudios apuntan a que la fructosa es especialmente buena, ya que puede reducir la concentración de alcohol en sangre en un 14% al limitar la absorción total de etanol.

2. Beber chupitos sube más que beber cócteles

La velocidad de ingesta de alcohol es uno de los factores más importantes en la embriaguez. Como hemos visto, el hígado metaboliza el alcohol a un ritmo constante, con lo que todo lo que exceda nuestra tasa por hora se va acumulando en el organismo produciendo síntomas. La misma cantidad de alcohol tiene más impacto en el organismo si se bebe rápido porque no le damos tiempo al cuerpo para que vaya eliminándolo.

Ojo con la graduación alcohólica. Foto: Jia Jia Shum

El volumen de alcohol de la bebida que ingerimos también influye, pero al revés de lo que pensamos. El mayor pico de absorción de alcohol se da con bebidas de unos 20-25 grados (como la mayoría de combinados o licores), con lo que elevan la concentración en sangre más rápidamente que un destilado de 40. Este último, genera la misma respuesta en el estómago que una gran comida: el estómago cierra el píloro para enfrentarse a esa gran cantidad de etanol, con lo que tarda más en llegar a la sangre y parte se metaboliza allí.

3. Beber agua entre copas ayuda a no emborracharse

Ya hemos dicho que lo que produce los síntomas de intoxicación es la concentración de alcohol que tienes en la sangre. Por tanto, hay dos maneras de bajar ese porcentaje: tener menos alcohol en el cuerpo o más agua. El alcohol es por definición higroscópico, es decir, te deshidrata pero además produce otro curioso efecto en el organismo: inhibe la producción de la vasopresina, una hormona que regula la cantidad de líquido que va a tu vejiga.

¡Bebe agua! Foto: rawpixel

El resultado es que tus riñones retienen menos agua y, por tanto, eliminas mucha más agua en la orina. Se dice que cuatro cócteles te pueden hacer perder el 25% del agua corporal por esa vía. Beber agua, además de reponer lo perdido y bajar la concentración de alcohol en sangre, te ayuda a hacer pausas entre copas y beber más despacio. Así que sí, el agua es fundamental.

4. Los combinados con refrescos suben más que los cócteles

Las bebidas con burbujas -refrescos, cervezas o vinos espumosos- elevan la concentración de alcohol en sangre. Se cree que puede ser porque la presión en el estómago agiliza la digestión y la absorción a través de sus paredes, con lo que etanol pasa más rápido a la sangre. Esta es la causa de que a veces un par de cervezas o una copa de champán nos dejen más noqueados que un whisky. Los últimos estudios, además, apuntan a que la carbonatación casera, tan de moda en las coctelerías, pega todavía más fuerte. Este efecto se combina con lo que ya habíamos comentado, que un cóctel con una graduación de 20 grados -como casi todos los que llevan refrescos- logra el máximo aprovechamiento del alcohol (y no, eso no es bueno).

Con moderación siempre. Foto: Mnm All

En el próximo post revisaremos tres creencias más sobre el consumo de alcohol y sus efectos. Recordad que, más allá de saber si estos ‘mitos’ son o no ciertos, lo verdaderamente importante es consumir con de forma responsable.

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Elvira Aldaz
Elvira Aldaz

Publicitaria y constructora en el medio digital de marcas nacionales e internacionales. He cursado el Master of Spirits y soy coeditora de la revista RUMPORTER en español.

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