by Mar Calpena

Cualquier bartender que se precie conoce o debiera conocer la receta del Sherry Cobbler (y su primo hermano el Rebujito), los “siameses” Bamboo y Adonis, y, quizás alguno más. Igual también puede contarte que el Bamboo nace en el Grand Hotel de Yokohama de la mano de Louis Eppinger, un germanoamericano que anduvo en esa barra cuando el siglo XIX se convertía en el XX. Si nos vamos un poco más atrás, encontramos que el hoy poco frecuente Sherry Cobbler fue el best seller de mediados del siglo XIX, y que no había bar ni ocasión social donde se sirviera (de hecho, en la exposición universal de París de 1867 el Sherry Cobbler era tan popular que supuestamente en el bar americano del recinto se consumían 500 botellas al día de fino).

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by Angélica Guzmán Miralles

Que todo nos entra por los ojos es innegable y más si se trata de algo que hay que llevarse a la boca. Las cosas cuanto más atractivas más apetecibles y los cócteles no iban a ser menos. De hecho, si son bonitos nos saben incluso mejor. Si cuidas el aspecto de tu local ¿por qué no hacer lo propio con las bebidas?

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by Laura Conde

Toda coctelería tiene una historia, del mismo modo que toda carta de cócteles es el reflejo de la personalidad de su bartender. Es decir, cada establecimiento esconde, ya sea de forma buscada o espontánea, una historia de naming. Entendemos por naming el proceso creativo mediante el cual se idea el nombre de una marca, una especie de envoltorio que refleja su identidad, su manera de mostrarse al mundo. Esto, aplicado a la coctelería, significa que puedes gastarte un dineral en sofás Chester y destilados premium y llamar a tu local Bar Paquito, o puedes entender que cada cosa que nombres en tu local –desde el establecimiento en sí hasta los cócteles– van a hablar de quién eres y de cómo quieres que te vean los demás.

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