Claves para desarrollar cócteles con storytelling

El pasado lunes The Shaker and the Jigger publicó una receta mía. Se llama La Guarda y fue mi ‘trabajo’ de final de un curso básico que recibí el año pasado en Drinksmotion.
Es un aperitivo de corte clásico, compuesto de Jerez, Brandy y Tequila Patrón Silver, que curiosamente recuerda a un Sidecar. Estoy bastante orgulloso de la mezcla, pero su mérito no está en el sabor –que tiene sus carencias–, sino en su historia.
Quiero dejar claro que no soy ni aspiro a ser bartender, admiro demasiado esta profesión para empañarla metiéndome detrás de una barra. En realidad, me dedico a contar, de una forma u otra, historias. Hace unos años lo hacía en formato anuncio y ahora las comparto como artículos que publico aquí y allá.
El caso es que hoy quiero contar cómo nació La Guarda para ilustrar que de una experiencia personal puede nacer un cóctel. Un cóctel con storytelling.
LaGuarda
¿Véis el tipo de la foto? El del tuxedo blanco y los galones, sí. Ése es mi abuelo Bernardo. La foto fue tomada en algún momento previo a la Guerra Civil Española, en la extinta Sala Bolero de Barcelona, que en aquella época se encontraba en la esquina de Rambla Cataluña con Diputación. Mi abuelo era bartender.
Además, al hombre le gustaba bastante leer. Había reunido una buena biblioteca en la que figuraba una primera edición de Mis 500 Cócteles (1933) de Pedro Chicote. Una joya prologada por Jacinto Benavente que mi madre me regaló hace ya un tiempo.
El libro es una maravilla vintage. Además de detallar medio millar de recetas, relata el día a día de un bar de la época, puntualiza los requisitos que debe reunir un buen camarero y recoge la historia de algunos licores y destilados.
El de mi abuelo, además, tiene una peculiaridad. Las recetas están marcadas con un sello en el que figura el nombre de Radio Barcelona,  una fecha y una hora. Las fechas son más o menos correlativas y las horas rondan siempre el mediodía.
No pude evitar preguntar a mi madre qué relación tuvo mi abuelo, el camarero, con la radio. Ella no había nacido todavía, es muy joven y lo parece aún más, pero cree que mi abuelo había locutado alguna cosa. ¿Habría contado mi abuelo aquellos cócteles en la radio? ¿Marcarían los sellos las fechas de emisión?
Los sellos de Radio Barcelona terminan poco antes de la guerra. Este es el último cóctel sin estampar.

Lagarde cocktail

Unas gotas de Benedictine
Unas gotas de Curaçao Rojo
Una copita de jerez seco
Hielo

Agítese muy bien y sírvase en copa de cóctel.

En ocasiones, la mejor parte de una historia es la que ignoramos. La parte no escrita, lo que no se cuenta, es el margen que nos deja el texto para construir nuestra narración.
Se me ocurrió que debía retomar el libro en el punto que mi abuelo lo dejó o, por lo menos, ahí donde dejaban de aparecer los sellos. Así que tomé como referencia el Lagarde.
Lo primero fue reinterpretar la receta. Unas gotas, una copita… las medidas no era muy claras, así que tuve que imaginarlas. Unas gotas por un dash. Una copita por 7 u 8 centilitros. A partir de ahí fui probando hasta conseguir una receta a mi gusto. Las cantidades definitivas de mi Lagarde fueron:

6cl de vino de Jerez Fino
2cl de Benedictine
1cl de Curaçao Rojo

Obtuve un cóctel aperitivo algo dulzón, con la untuosidad típica del Jerez y muy elegante. Tenía además, una característica especial: la base de Jerez, tan de moda hoy en día y, por lo que parece, desde 1933.
Una vez reconstruído el Lagarde de Chicote empecé a elaborar mi cóctel. Tenía claro que quería mantener la base de Jerez. Pero quería sustituir el Benedictine y el Curaçao.
No hice muchas pruebas de ingredientes.  Tenía una botella de Brandy Angelus Cardenal Mendoza sobre la mesa que aportaba ciertas notas de naranja, así que me planteé usarlo como sustituto del Curaçao. Por otro lado, quería que la bebida fuera algo más seca que la original, así que probé con un destilado que casa bien tanto con el Jerez como con el Brandy: el tequila. Las dos primeras mezclas fueron un desastre, pero poco a poco ajusté las cantidades hasta llegar a la siguiente combinación.

5cl de vino de Jerez Fino
3cl de Angelus Cardenal Mendoza
1cl de Tequila Blanco

Probé a mezclarlos en vaso, a escanciarlo –con el consiguiente accidente– y finalmente me decidí por lo más sencillo: agitarlo en coctelera y colar con doble estameña. Lo tenía, sólo necesitaba un twist de naranja, o una rodaja de naranja deshidratada, y una copa coupette helada.
La nueva combinación era una buena evolución del Lagarde, un aperitivo un tanto más alcohólico y seco que el orginal, pero igual de elegante.
Sólo necesitaba un nombre. Y lo tenía delante de las narices. Lagarde se parece misteriosamente a La Guarda. Y, al final, lo que yo pretendía era guardar la memoria de mi abuelo.
Más allá de la anécdota, que podría quedar en una presuntuosa exhibición familiar, creo que de mi experiencia personal se pueden extraer algunos conceptos interesantes, que pueden servir para construir cócteles con storytelling.

El recurso inicial

El arranque de cualquier historia es crucial. En mi caso es un libro peculiar, muy especial, con la particularidad de llevar las páginas estampadas con unos sellos enigmáticos.
Un bartender o barmaid, en el momento de desarrollar la historia de un cóctel que quiera presentar a un concurso, debe decidir también un punto de arranque. ¿Será un aspecto de la historia de una marca? ¿Una anécdota concreta sobre el logo? ¿Un manuscrito firmado por el fundador? ¿Un accidente que forjase el carácter de la marca?
Casi cualquier cosa puede servir, tiene que tener un punto apasionante y sugestivo. Lo importante es identificarlo y elegir un recurso inicial con potencial de desarrollo.

El discurso intermedio

¿Qué ocurre a partir del recurso inicial? En mi caso decidí continuar una historia donde otro la había dejado, reconstruyendo una receta y reinterpretándola para darle originalidad. Es un camino. Otro puede ser la reconstrucción, un riguroso trabajo de arqueología de bar puede tener mucho mérito. Otra senda de creación puede ser la deconstrucción de un concepto, delimitar su esencia e intentar transmitirla mediante recursos abstractos, no figurativos –tal vez sería una vía a explorar en el caso de una receta de coctelería molecular–.

La producción final

Al final, todo se tiene que plasmar. Una buena idea mal ejecutada es una mala idea. En cambio una mala idea bien ejecutada puede ser una idea regular.
La ejecución del discurso debe ser lo mejor posible dentro de nuestras posibilidades. En mi caso, aposté por la sobriedad, pero no lo hice por ser un tipo elegante y clásico. Lo hice porque no tengo otros recursos y no sé más. Intentar epatar cuando está fuera de tu alcance es una vía segura al ridículo y al fracaso. En cambio, reducir a la esencia está al alcance de cualquiera. Por supuesto, esto último, en un concurso de alto nivel, tal vez se viera como un recurso fácil. Pero recordemos que lo mío era el trabajo final de un curso básico y no la Legacy.

Reflexión final

Fijándome en los tres puntos anteriores, me doy cuenta de que las claves del storytelling de una receta de cóctel son equivalentes al esquema narrativo más básico –introducción, nudo, desenlace–.
¿Será casualidad?

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