No saber beber es de bárbaro

by Jordi Luque

Hace ya un par de meses publiqué en este blog una lista de deseos para el año que entonces estaba a punto de nacer–qué rápido crecen– y que estoy desarrollando en tres posts.El primero lo dediqué al concepto de proximidad y este, el segundo, lo dedicaré a Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno –Alejando el Mango, en el chiste malo–, más conocido por ser tan machote que tuvo el vigor de levantar un imperio que iba de la actual Grecia hasta las lindes de la actual India, menos conocido por ser educado por Aristóteles –profesor particular, toma prestigio–. Ah, y también muy conocido por beberse un copón de vino tan grandote –lo levantó en honor de Hércules– que le acabó matando.

Vamos, que muchos estudios y mucha hombría, pero Alejandro no sabía beber. Y eso que tenía el mundo ahí, a sus pies, a tocar de sus manos todopoderosas. Más que el Mango, Alejando tendría que haber alejado el vaso.
En ese post que publiqué cuando 2018 todavía era una promesa, lanzaba el deseo que en este año aprendiéramos a beber con cierta moderación. Y de ahí lo de Ale.
Ale, ve tirando, le dirían aquella noche en la que cayó rendido en el jergón del que ya nunca se levantaría.

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Que yo controlo, chicos, de verdad

La cosa tendría gracia si no fuera tan frecuente ver a grandes personas mostrar la peor de sus caras después de una noche de abusos. Podríamos, más allá de la adicción, esbozar por qué narices bebemos más de la cuenta, aún sabiendo que vamos a pagar las consecuencias.
En primer lugar, está la versión de Groucho Marx, que decía beber para hacer interesantes a las demás personas. Esto es, está la ecuación bebo = diversión. Oye, es innegable, uno bebe y lo pasa mejor, no hace falta argumentarlo. Pero todos sabemos que hay una frontera.
¿Pero bebía Alejandro por diversión? Hombre, el tipo estaba celebrando una victoria más gorda que la Champions por séptimo año consecutivo. Pero no, no bebió por eso. Bebió por status, para demostrar lo machote que era. ¿Lo seguimos haciendo? Pues claro, muchos de los ritos iniciáticos a los que nos sometemos de adolescentes en un un bar pasan por ahí: a ver quién bebe más.
Bebemos para divertirnos hasta que es aburrido y bebemos para ser los espalda plateada de la tribu. Vamos bien.
Como decía antes, no entraré en temas de adicción, son demasiado serios para un mentecato como yo. Pero también hay quien bebe por culpa de una adicción. Adicción, diversión, status…
Insuflarnos valor. También bebemos para darnos ese empujoncito que necesitamos para acometer un objetivo que percibimos como distante, difícil… Vamos, para ligar. No nos salvamos, somos una especie de homínido bien flojo.
En aquella lista de deseos que publiqué cuando el año en curso era aún la espuma de los días pedí que aprendiéramos a beber con moderación porque creo, sinceramente, que beber es cultura y beber demasiado es barbarie.
¿Beber es cultura?
Hace poco la Unesco declaró bien inmaterial la tradición pizzera napolitana. Oye, ¡por qué no podría declarar bien inmaterial la elaboración del mezcal? ¿Y el vermú? La tradición vitivinícola georgiana –10.000 años– ya ni te cuento.
Pero no me refería a esa cultura, a esa cultura que necesita el marchamo de una institución –por prestigiosa que sea–, me refería a la cultura que te imbuye cuando te sientas en la barra del Savoy y observas como te preparan, yo que sé… lo que sea. A esa cultura que encierra cada botella y que contiene el relato histórico y social de un destilado.
En fin, no voy a dar la lata con lo de que saber beber es cultura porque supongo que la mayoría de los que visitamos The Shaker and the Jigger nos lo creímos hace tiempo.
Pero no saber beber es de bárbaros –lo siento, Alejandro–, de inseguros, de machotes –es despectivo– y, claramente, de personas que padecen una enfermedad –pero de eso no hablaré–. Y cuando los bárbaros, los inseguros y los machotes beben demasiado están cogiendo un relato cultural y quemando la mayor parte de sus páginas para elegir unas pocas, breves, muy tontas, superfluas.

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Bartender, tú también puedes hacer algo para mejorar esto. Foto: Taylor Davidson

¿Se puede hacer algo desde detrás de la barra? Claro. Se puede poner en valor el mundo del alcohol, explicar qué hay en una botella, seducir con el relato, transmitir cultura. Antes mencionaba el Savoy pero, hay tantos lugares que lo hacen bien… tantos en España… en estos lugares la figura del bartender o barmaid debería transmutarse en la figura del barmaster.
Y, bueno, y nada más. O sí, una cosa más para disculpar un poco al pobre de Alejandro que, además de írsele de las manos aquella noche, fue envenenado, según dice el Doctor Pat Wheatley de la neozelandesa Universidad de Ontago. Parece que, además, le envenenaron con un plantita conocida como ballestera (Velatrum Album), de apariencia inocente pero de efectos muy lamentables. Te mata lenta y dolorosamente, te quita el habla y la capacidad de caminar. Y te quita un imperio, en el caso de Alejandro.

Foto de portada: Michael Discenza

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Jordi Luque
Jordi Luque

Socio de una productora de contenidos gastronómicos que se llama UNTO y escribo sobre comida en EL COMIDISTA.

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